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Relatos del Camino de Santiago

Publicamos, a continuación, una serie de relatos ambientados en el Camino de Santiago, realizados por los alumnos de la profesora de Historia Patricia Rozada Von Litsenburgh, continuando así la estela de los realizados el pasado curso. 

Camino de Santiago

Me llamo Elisa de Aquisgrán. Tengo dieciocho años y soy la hija del rey Lotario. Y me acabo de escapar del castillo, para recorrer el Camino de Santiago y llegar a Galicia. Pero retrocedamos un poco en el tiempo, dónde todo empezó.

Era la mañana de mi cumpleaños así que me desperté más pronto de lo normal. Me vestí rápido y me dirigí a la capilla del castillo para darle los buenos días al cura. Es muy amable y siempre me da buenos consejos. Estaba a punto de entrar cuando oí unas voces susurrando en el interior.

-Hoy, diecisiete de junio, las princesas cumplen dieciocho años, y el rey debe designar un heredero con el que la princesa se casará. Pero Elena es unos minutos mayor, así que por ley ella es la sucesora. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero deberíamos intentarlo. – Dijo el cura.

– Señor han pasado dieciocho años, es totalmente imposible que la encontremos. Además, deberíamos ir hasta Galicia y tardaríamos semanas, quizá meses solo en llegar. – contestó el otro hombre.

Tuve que apoyarme en la pared para no caerme, ¿princesas?, ¿quién es Elena? Esperé a que el cura se quedase solo y entré echa un manojo de nervios.

-Buenos días señorita Elisa- me saludó.

-Buenos días don Luis. Verá, no era mi intención escuchar, pero he oído su conversación y… ¿Quién es Elena y porque decían que ella era la sucesora?

Su rostro se ensombreció por la preocupación.

-Elisa… Hay algo que no sabes. Tienes una hermana gemela llamada Elena, ella es la mayor. Cuando teníais tan solo un año fue secuestrada y lo único que quedó de ella fue una nota que ponía que se la llevaban al suroeste, al santuario de Dios en la tierra. Estoy seguro de que se referían a Santiago de Compostela, así que deberás recorrer el camino de Santiago. Es crucial que la encontremos antes de que el rey nombre a un heredero, pero solo tú puedes hacerlo. Lleva en la muñeca una pulsera exactamente igual que la tuya, así podrás reconocerla. Pero debes partir ya, porque en cuanto vean que no estás mandarán partidas en tu búsqueda. Toma, sigue el camino de este mapa y no le digas a nadie quién eres ni de dónde vienes.

– La encontraré- dije decidida, con mil pensamientos cruzando mi cabeza.

-¡Buena suerte!

Salí disparada de la capilla y me puse un vestido de las doncellas para pasar desapercibida. Llené un zurrón de provisiones y cogí al corcel más rápido de los establos. Le espoleé y comencé mi camino.

La primera etapa fue la más dura pues tendría que llegar hasta París para seguir la ruta principal y segura. Durante días, tuve que cabalgar por estrechos senderos y oscuros bosques, procurando ir cerca de los carromatos y viajeros. Todas las noches me ponía cerca del carro de unos mercaderes e intentaba dormir como podía, ya que tenía un miedo atroz a que nos asaltasen los bandidos.

A la mañana del octavo día de viaje, cuando ya había traspasado la frontera de Francia, oí a unos campesinos hablando sobre que el rey Lotario había mandado partidas en búsqueda de la princesa. Ahora tendré que ir con mucho más cuidado. Horas más tarde, un grupo de caballeros de mi padre pasaron trotando a mi lado, pero por suerte no me reconocieron. Pero,  cada vez venían más y más grupos de ellos y estaban empezando a interrogar a los transeúntes. No tuve más remedio que cortarme mi larga melena rubia a la altura del cuello y de ensuciarme la cara con barro para que no me reconociesen. Jamás pensé que sería capaz de hacer este tipo de cosas, pero no puedo fallar a mi hermana.

Al cabo de dos duras semanas,  llegué a París. Entré en algunas tabernas para enterarme de los rumores y se decía que el Rey Lotario había retrasado la ceremonia en la que designaría al marido de la princesa y futuro rey. Eso eran buenas noticias.              

Luego, entré en la catedral de Notre Dame y me quedé absolutamente maravillada. Nunca había imaginado que un lugar pudiera ser tan amplio y majestuoso. En ese momento, me di cuenta de todo lo que me había perdido al no haber salido nunca de Aquisgrán. Recé una rápida oración y continué mi camino. 

Según el mapa, debería seguir la vía de Tours. Por suerte el camino era ancho y seguro, lleno de viajeros. Me puse de acuerdo con una familia de mercaderes que también viajaba a España y dormí en su carromato todas las noches.

Las siguientes semanas fueron monótonas y agotadoras. Nos despertábamos al alba y no parábamos hasta el anochecer. Cuando llegamos a Burdeos nos sorprendió una tormenta horrible que nos retrasó varios días. Pero seguimos adelante, como siempre.

Todos los lugares en los que parábamos me dejaban embelesada por su belleza: la catedral de Tours, la de Notre Dame, la Basílica de Saint Seurin en Burdeos…

Después de unas arduas y largas semanas, por fin cruzamos la frontera de España y tras una parada de una semana en León dónde visité su majestuosa catedral, llegamos a Santiago de Compostela. Me despedí de la familia que me había acompañado y me dirigí a la catedral, pues no sabía qué hacer ni dónde buscar a Elena.

Me senté a rezar y de pronto vi a una joven de espaldas, con el mismo pelo y de la misma estatura que yo. Me fijé en su muñeca y llevaba una pulsera exactamente igual que la mía. Se giró y me miró.

-Elena – susurré. No hizo falta decir nada más. Se acercó y me abrazó entre lágrimas. Por fin la había encontrado, por fin estaba completa.

Nos sentamos y le conté todo: que en realidad era una princesa, que la habían secuestrado hacía muchos años, que debíamos volver a Aquisgrán juntas…

Ella lo comprendió todo y dijo que volviéramos cuanto antes. El camino de vuelta fue mucho mejor que el de ida, pues esta vez no estaba sola. Nos dio tiempo a conocernos y a enseñarle todo lo que debía saber para ser una reina.

Cuando llegamos nuestros padres se quedaron asombrados y la recibieron con los brazos abiertos. Dos semanas más tarde la coronaron reina y se casó con un príncipe, que también pasó a ser rey.

Ahora ya han pasado muchos años de eso, pero es una historia que me encanta contar a mis hijos, para que ellos se lo cuenten a los suyos, y siga así para siempre.

Carla Rejas Mallada, Segundo de ESO B

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