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Las hazañas de Pelayo

 

 

Las hazañas de Pelayo

 

Esta historia trata sobre Pelayo Beltrán, un campesino asturiano de 36 años, que vivía con su preciosa esposa y sus cuatro hijos en los Picos de Europa. Pelayo era alto y fuerte, con ojos verdes rasgados y una larga melena rubia que llevaba atada en una coleta, solía llevar una larga barba.

Tenía una granja con animales, su mujer se encargaba de la pequeña huerta, de ordeñar las vacas y de recoger los huevos de las gallinas; sus dos hijos mayores de 19 y 17 años le ayudaban con el trabajo más duro, con los animales y en la cosecha; y sus otras dos hijas mellizas de 12 años ayudaban con las tareas de la casa y la cocina.

Pero aquel año Pelayo estaba desesperado porque la gran sequía estaba afectando a la cosecha y no podían pagar los impuestos y su libertad corría peligro. Influenciado por las hazañas de Alfonso II (el Casto), rey de Asturias  que fue el primer peregrino conocido en la antigüedad, decidió peregrinar a Santiago a pedirle al apóstol lluvias en sus tierras. Esa misma noche le contó la idea a su mujer Leonor. Ella supuso que estaría de vuelta en unas dos semanas y le pareció una buena idea.

Al día siguiente, 6 de Julio del 1108 al amanecer, Leonor le preparó una cesta  con bollos preñaos, huevos cocidos, manzanas y un trozo de queso. Pelayo cogió unas cuantas monedas y aunque era verano cogió ropa de abrigo para pasar las noches.

Se despidió de su familia y comenzó su andadura desde los Picos de Europa hasta Covadonga, donde pasó su primera noche. Bien temprano por la mañana decidió guiarse por un grupo de peregrinos que venían de Oviedo a Covadonga. Comenzó a caminar rumbo a Oviedo y al llegar pudo contemplar la hermosa iglesia. A su paso por la capital vio Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados, monumentos del prerrománico asturiano, y Pelayo quedó asombrado de tanta belleza concentrada en el Reino de Asturias.

Decidió seguir su ruta por el llamado a día de hoy, camino primitivo, que en aquellos tiempos no era más que calzadas y senderos llenos de maleza y por donde uno tenía que tener mucho cuidado, sobre todo con los bandidos y guerreros que pudiera encontrarse en su camino.

Pelayo caminó durante días con un único objetivo en su cabeza, llegar a Santiago. En su camino se guiaba por su instinto, el sol, las estrellas, las montañas y por lo que le iban diciendo los peregrinos que iba encontrando por el camino. En el trayecto pasó por San Juan de Villapañada, Salas, Tineo y a la altura de Pola de Allande, su suerte cambió; después de haber comido un bollo a la sombra de un roble y haber descansado un rato, Pelayo se disponía a seguir su camino, cuando fue atacado por un par de bandidos despiadados, que querían dejarle sin nada,  le quitaron su precioso jersey de lana, tejido por Leonor, ¡y todo lo demás! Cuando le tenían completamente inmóvil, apareció un noble en un caballo empuñando su espada, gritando bien alto, ¡dejad en paz a ese hombre, pobre campesino indefenso! Los ladrones salieron por patas al ver al guerrero.

Entonces el noble caballero se bajó de su caballo y le ayudó a levantarse:

-¿Cómo se llama buen hombre? (le preguntó)

-Me llamo Pelayo señor, soy asturiano ¿y usted?

-Mi nombre es Thomas Cooper (dijo con un extraño acento) soy inglés y me dirijo a Santiago de Compostela para encontrar una princesa que conmigo se quiera casar.

Decidieron seguir juntos el camino hacia La Mesa, fueron viendo Torres, Palacios y hermosas iglesias y fueron conociéndose en el trayecto. Tras varias horas los dos hombres habían llegado a un acuerdo, Pelayo ayudaría a Thomas a mejorar su español y este a cambio le pagaría las comidas y las noches que no pasarían a la intemperie.

Esa misma noche fueron a parar a una taberna en el pueblo de La Mesa, donde bebieron vino y comieron caliente, pasaron la noche allí mismo. Por la mañana se dirigieron hacia Grandas de Salime y por el camino a lo largo del río Navia, atravesando un hermoso puente de piedra, conocieron a Pedro, un joven peregrino que lo había perdido todo en la guerra. Pedro se dirigía también a Santiago ya que allí tenía  un tío, con el que se había estado carteando por mensajero durante un tiempo y al que quería conocer. A su paso vieron molinos y comieron pan fresco.

Él se ganaba la vida ayudando en granjas y de esa forma consiguió unas cuantas monedas para realizar el viaje, se alimentaba cazando liebres y comiendo bayas.

Los tres se hicieron muy amigos y así el camino se hizo menos duro.

Ya llevaban unos nueve días caminando sin descanso, y su siguiente parada era Fonsagrada. Cada vez les era más difícil soportar el clima ya que en verano los días eran largos y calurosos. Pero aprovecharon las cascadas del camino para darse un chapuzón y refrescarse.

Decidieron pasar la noche en la entrada de una pequeña capilla que se encontraron por suerte en mitad del camino.

A los dos días ya habían pasado por O Cádavo Baleira, y Lugo, donde vieron la muralla romana. Iban de camino a San Romao da Retorta.

Por el pequeño sendero se encontraron con un par de jóvenes. Los tres ya llevaban un buen rato caminando y estaban bastante cansados y los muchachos les convencieron de que había una taberna muy cerca donde podían recuperar fuerzas. Al final acabaron aceptando pero lo que no sabían era que las cosas se les iban a ir de las manos

A la mañana siguiente, los tres se despertaron todavía en la taberna, esos canallas les habían engañado y robado todo su dinero, mientras ellos dormían.

Así que se dispusieron a ir tras ellos. Lo primero que se les ocurrió hacer fue preguntarle al amable hombre que les había atendido si sabía algo, y él les dijo que cuando se iban les había oído decir que se dirigían a Santiago como ellos. Así que recogieron sus cosas y siguieron su camino esperando poder encontrarles cuanto antes. No se tomaron ningún descanso e iban a un ritmo bastante rápido, incluso cogieron unos atajos. Ya que no les llevaban mucha ventaja, les consiguieron alcanzar sobre el medio día.

Les vieron en la distancia así que se metieron por un pequeño camino entre los arbustos para adelantarles sin hacer ruido.

Los ladrones sin darse cuenta de que les observaban, siguieron su camino, cuando de repente los tres se abalanzaron sobre ellos desde los arbustos. Dejaron a los dos muchachos inmóviles en el suelo, cogieronsu dinero de vuelta, y les ataron con una cuerda contra unos árboles.

Los tres amigos siguieron su ruta hacia Melide, decidieron atravesar el bosque pero no sabían lo que iban a encontrar allí, de repente oyeron un ruido y vieron un enorme oso que les miraba atentamente, no sabían qué hacer, pero,  al cabo de unos  segundos estaban luchando contra el oso como podían, con piedras, cuchillos, Thomas con su espada, cuando la situación era ya muy difícil una flecha atravesó el pecho del oso, los tres muchachos quedaron parados, de entre las malezas a la orilla del río salió Brais, un joven gallego que vivía en esas tierras, les dijo:

-¡Habéis tenido suerte de encontrarme o de lo contrario estaríais muertos!

-¡No sabemos cómo agradecerte que nos hayas salvado la vida!

-Pues podéis ayudarme con el oso, aprovecharé sus pieles y su carne para llevar a casa

-De acuerdo (dijeron ¡los tres a la vez!).

Mientras  que  comenzaron a trabajar despellejando al oso, Thomas empezó haciendo un fuego cerca del río para poder degustar la carne. Cuando acabaron todos, comieron y descansaron para el tramo final.

Después de la comida se despidieron de Brais y  decidieron caminar sin descanso hasta llegar a Santiago.

Cuando llegaron a la ciudad estaban agotados, suerte que el tío de Pedro les esperaba con un plato caliente y un buen baño que, ¡les vino muy bien a todos!

Al ver la catedral de Santiago quedaron sin palabras, tanta belleza y tanta gente, Pelayo nunca lo hubiera imaginado. Tras visitar al apóstol y lanzar sus plegarias, se dedicaron a ver la ciudad, con sus calles empedradas y su mercado. Entraron en una taberna a beber vino y se fueron despidiendo. Pelayo debía regresar a casa con su familia, Thomas tenía planeado seguir conociendo los caminos de España en busca de su princesa y Pedro se quedaba en Santiago con su tío.

Fue un largo camino de vuelta para Pelayo, que fue parando en granjas donde podría pasar las noches y le daban algún plato de comida caliente. Al entrar en los montes asturianos comenzó a llover con fuerza, Pelayo nunca estuvo tan feliz y comenzó a dar saltos de alegría porque Santiago había escuchado sus plegarias

Corrió hacia su casa y abrazó con fuerza a su familia y todos lloraron de alegría y felicidad.

Pelayo llevaba telas y calzado de cuero para Leonor y sus hijos que había adquirido en el mercado de Santiago de Compostela, les contó todas sus hazañas y aventuras y todos atendían con la boca abierta a todas  sus historias, fue una gran experiencia para todos y un año de buena cosecha del que todos estaban agradecidos.

                                                                                                                         

Nicole Riding      

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