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La vida de las paredes, Sara Morante

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El primer libro escrito e ilustrado por la artista Sara Morante La vida de las paredes es la historia de un caserón de principios de siglo XX y de sus habitantes, una peculiar comunidad de vecinos que comparten sus vidas en torno a una escalera. Sara Morante dibuja retratos de tinte surrealista enmarcados en un realismo casi costumbrista a través de un diálogo muy potente entre texto e imagen. Escenas muy visuales, un tanto oníricas, que se engarzan para crear una historia común: fotografías o cuadros que hablan durante la noche y se deslizan de un marco a otro, gárgolas perversas que cobran vida, una joven famélica desplumando a un jilguero para comerse hasta los huesos, una mujer que envuelve a su feto entre el hule sucio y paños de cocina… Las paredes tienen vida y Sara Morante sabe poner palabras y color a un mundo insólito en este libro que incluye más de treinta ilustraciones. La vida de las paredes muestra el talento de la gran ilustradora en su máxima expresión.

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Cuando la ilustración hizo ‘boom’ en España gracias a pequeños sellos que apostaron por títulos editados al detalle, obras en las que el mimo se sentía con los ojos y las yemas de los dedos, el nombre de Sara Morante se convirtió en punta de lanza. Sólo hace cinco años que esta artista nacida en Cantabria decidió profesionalizarse como ilustradora. Hoy, muchos libros y cubiertas después, cuando su estilo modernista, romántico, perfectamente reconocible, ha cautivado a editores, autores y lectores, debuta en la narrativa. ‘La vida de las paredes’, que acaba de publicar en Lumen, responde con precisión al muchas veces mal empleado binomio ‘novela gráfica’. «Es una bombonera«, agradece ella para referirse a la esmerada edición. «Con un papel tan bonito y con lengüeta de tela y todo. Eso ya me volvió loca».

Sus personajes son los moradores de un viejo edificio ubicado en una calle norteña, hombres y mujeres enfermos todos de soledades y melancolías de época que «se trenzan» -bonita expresión pronunciada por la autora- entre ellos mismos y a través de las palabras y del dibujo. Donde un lenguaje calla, habla el otro. Donde no cuentan los habitantes o la narradora, lo hacen los sonidos que se filtran por los muros, desde el patio de vecinos, bajo las rendijas de las puertas. Relatos de oídas que todos construimos a cerca de las personas que viven al lado. Al cabo, lo que es una novela en sí misma, un caserón con puertas, pasillos y escaleras, una conjunción de ecos cercanos o apenas audibles, de historias importantes y de otras que sólo son susurros o unos pasos remotos del 3ºB.

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Morante reside en Hendaya, alejada desde hace 11 años del ruido de las ciudades. El reconocimiento no la ha animado a arrimarse al mundillo literario de Madrid y Barcelona. Al contrario, regresa cansada de las giras promocionales, de las ferias del libro (por cierto, el fin de semana del 6 firmará en la de Madrid). Vive en un lugar donde nunca pasa nada, sintiéndose un poco como María Antonia Abad Fernández (para olvidadizos, su tocaya Sara Montiel) en su Campo de Criptana. Esta Sara, la dibujante, es una persona nerviosa, tiene que admitir, y le sientan mejor para trabajar los ambientes tranquilos. En Hendaya, decíamos, a las siete de la tarde se hace el silencio y se cierran las contraventanas. Apenas hay cobertura móvil cuando atiende esta entrevista. La vida social, describe, se produce de puertas para adentro. Así que parte de este paisaje, de las casas decadentes de comienzos del siglo XX, de la vida de interior y de los días nublados, está en este libro que surgió de un relato que escribió en 2008.

14327357076262«Mi madre guarda en un cajón, junto al joyero, un cuento que ilustré con siete u ocho años. Desde niña escribía y dibujaba muchísimo. Antes de dedicarme a la ilustración, estuve 13 años trabajando en oficinas pero seguía haciendo las dos cosas y procuraba formarme. Hace un tiempo abrí un archivo de cuentos que tenía escritos. Covadonga D’Lom, mi asesora, los leyó y me hizo unas observaciones muy profesionales. En el tercero vio que había material. De aquel texto he mantenido la introducción, el ‘dramatis personae’ y el capítulo de la muerte de la gárgola, no le cambié ni una coma», recuerda.

Con estos mimbres, levantó un inmueble entero en el que habitan unos porteros que se mueren de pena por la muerte de un hijo, una bordadora consumida por el desamparo, un matrimonio desdichado, una musa lisiada… «La soledad es diferente en cada uno de ellos. En Berta [la soltera del primer piso] es voluntaria; en la bordadora, impuesta. El ‘voyeur’ ha abandonado a su madre para buscarse la vida. La musa, en cambio, es destructiva, una víctima de la cabeza a los pies. He escrito pensando en cómo se enfrentarían a la vida teniendo en cuenta sus limitaciones. Algunos, como la musa, me son muy ajenos, pero con todos tienes que tener empatía, perdonarles la parte menos agradable que, al fin y al cabo, es su humanidad. He procurado que tengan defectos, no me gustan los personajes impecables que salen airosos de todo».

Para hilarlos se dividió en dos, dibujante y narradora: «Siempre he pensado que es difícil ilustrar tus propios textos, porque tienes que ser distinta en cada labor. Sin embargo, este es el libro que más he disfrutado, porque logré mostrar con la imagen esa visión diferente que debe ofrecer el ilustrador, una información complementaria. Hay partes que me habría encantado dibujar pero no lo he hecho porque ya estaba escrito». Gracias a esta dualidad ha logrado crear un micro mundo de almas muy diferentes que viven en una cercanía que no es cercana: «Es que las relaciones de los vecinos son peculiares, comparten los espacios comunes y los sonidos, aunque no interactúen. Hay mucho ‘vouyerismo’ y me apetecía contar cómo se cruzan en la escalera o mostrar cómo afecta lo que hace uno en la casa de los otros. Los creé por el mero placer de construir personajes de este estilo, muy líricos, que pueden ser maravillosos o unos cínicos. La historia surgió fijándome en cómo eran, en qué situaciones podían propiciar».vida-paredes-sara-morante-libreria-javier-1

Además, hay en el libro un encomiable trabajo por traer al presente la materia noble del pasado, una arqueología lingüística de palabras en desuso porque los objetos que designaban fueron desapareciendo de nuestras vidas: «Desde niña me ha llamado la atención saber cómo eran antes las cosas, tengo cintas y cintas grabadas en las que mi abuela me cuenta sus recuerdos, cómo se hacían las ondas al agua en el pelo, cómo metían insecticida de Cruz Verde en la carbonera para ahuyentar a las cucarachas. O cómo buscaban la luz en las casas con celosías, esa forma de aprovechar los recursos con creatividad. Para ‘La vida de las paredes’ me he documentado mucho». Y se nota. Su abuela Aurora, que era modista y que le enseñó a bordar bodoques y a curar las penas con caldo, como se lee en la dedicatoria, es en gran medida la culpable de que un vasto léxico textil enriquezca el relato, así como de su esmero preciosista al dibujar encajes, transparencias, estampados… «He crecido entre cortes al bies y el piano de mi madre, todo ese mundo está ahí», asume.

También Aurora le habló de la calle Argumosa donde sitúa su casa fabulosa coronada por cuatro gárgolas y que no está inspirada en la arteria castiza que une Lavapiés con el Reina Sofía sino en una vía de Torrelavega en la que en su día hubo teatros y carteles ilustrados: «Esta calle podría pertenecer a un Santander o a un Gijón, el norte es muy de patios, de oír qué hace este o el otro. También recuerdo a mi abuela pedirle a mi abuelo que bajara la voz, no fuera a ser que los vecinos pensaran que estaban riñendo«. Se le nota que le apasiona la época en la que se desarrolla la novela y que ella sitúa en los estertores de los años 20. «Es un periodo con una cultura que me interesa en la literatura, el arte y la pintura. Terminó como terminó, pero había muchas libertades y, a la vez, mucha hipocresía. Una etapa en la que no en todas las casas ha llegado el agua corriente, en la que todavía queda algo de final de siglo».

Su estilo se ha enriquecido con los años porque La Morante, como le dicen a veces en el mundo de las redes en el que tanto procrastina (nada, le pasa a todo el mundo, Sara), no deja de aprender y de buscar. «Acabo de pasar dos días dibujando una pierna. Los primeros libros los hice a lápiz pero ahora los he complicado. Llegué a la ilustración sin saber nada, sólo dibujar, y con cada pieza quiero ir más allá», se reta. Seguirá iluminando cubiertas y páginas de libros ajenos aunque, desde ahora, con más calma, siendo más selectiva: «Quiero echar un vistazo a otros textos que tengo y lograr más soltura escribiendo. Cada vez tardo más en dibujar y no puedo mantener el ritmo de hace dos años». En cualquier caso, pronto habrá un Mark Twain que ha ilustrado para Impedimenta. Hasta entonces, sus seguidores pueden regresar a la escalera de ese edificio que «cuentan que se levantaba por encima de tejados y chimeneas…».

(El Mundo, Cultura, Marta Caballero, 1 de febrero de 2016)14327357076262

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