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Un relato: «El gato que sabía de arte», por Cécile Bramouillé

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Todo el mundo sabe que los gatos tenemos un sexto sentido. Lo que ignoran los humanos es que esta facultad innata varía en función del lugar en el que nacemos. Yo abrí los ojos en el sótano de un museo de arte moderno y el olor a pinturas y barnices meció mis primeras semanas de vida.  Con apenas seis meses, cansado de desayunar, almorzar y cenar ratones, decidí probar suerte en otra parte. Una pareja que frecuentaba la escuela de bellas artes me sorprendió hurgando en la basura de un restaurante, y me adoptó. Me alimentaban bien, y el aroma de su taller me resultaba familiar, así que yo también les adopté a ellos. Decidieron hacerme posar para sus obras. Más bien, yo me dejaba dibujar, pintar o incluso esculpir, durante mis horas de siesta y meditación. Tenían talento, y en sus cuadros siempre destacaban mis ojos como dos lagos de aguas cristalinas en medio de un glaciar impoluto. Gracias a la venta de sus obras, es decir, gracias a mí, consiguieron montar el negocio de compraventa de arte con el que soñaban, y que adquirió rápidamente cierta fama por la ciudad.gato (1)

hq8lrhzmnsjiochmno4c4bec51868ee_el-gato-con-botas-de-shrekUn día que me encontraba dormitando plácidamente entre cojines de seda, apareció un extraño personaje que les venía a ofrecer nada menos que un Picasso del período azul. Mi olfato me informó de inmediato. Hice gala de poses grotescas y maullidos espeluznantes durante la negociación. En vano. Me encerraron en la cocina y compraron la falsificación. Contactaron con un museo con el fin de sacar un buen pellizco de su reventa, donde el conservador les abrió los ojos. Se sentían estafados, pero, ante todo, extremadamente avergonzados. Si trascendiese la noticia, serían objeto de burla en el mundillo de los marchantes de arte e incluso entre sus propias amistades. Furiosos, dejaron el retrato celeste al lado de la chimenea. Como mucho, serviría para encender el fuego. Inmediatamente, me senté encima y empecé a afilar mis uñas sobre el lienzo. Fue entonces cuando por fin recordaron mi actitud el día de la visita de su anterior dueño. Se miraron, incrédulos. Los días siguientes, me pusieron a prueba. Ante una litografía barata, bufaba o bostezaba y cuando me presentaban un Gato lapiz de colororiginal valioso, se dilataban mis pupilas o abría y cerraba lentamente mis cuatro párpados. No volvieron a comprar nada sin consultarme. De tener una vida cómoda, pasaron a ser inmensamente ricos. Nadie me ganaba haciendo negocios con el arte. Como suele ser habitual en los humanos, unos se llevaban los laureles de otro. Pero a mí no me importaba mientras me mimasen y me diesen bien de comer. Hasta que cometieron lo irreparable. Un buen día encontraron excrementos de roedores en el taller. Me arrancaron literalmente del sofá y me llevaron al lugar del crimen, dejándome encerrado con un guiño, y la consigna de zamparme aquello que ponía en peligro su material artístico. Esperé sentado detrás de la puerta. No me moví. Podría haberles perdonado unas horas o incluso un día. Pero dos no. Cuando por fin vinieron a ver el resultado de mis pesquisas, oriné deliberadamente sobre una pila de acuarelas que valían su peso en oro, y salí sigilosamente de la mansión para probar suerte en otra parte.3d093c9b075dd547cd750737ad794193

 

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