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Poesía: Homenaje a Claudio Rodríguez

14264429367970«Largo se hace el día quien no ama / y él lo sabe»

El Instituto Cervantes festeja mañana con un encuentro los 50 años de su libro «Alianza y condena»

«Vengo a saber qué hazaña/ vibra en la luz, qué rebelión oscura/ nos arrasa hoy la vida».

Son tres versos escogidos, casi al azar, de ‘Alianza y condena’, como podrían ser estos: «Bienvenida la noche para quien va seguro/ y con los ojos claros mira sereno el campo(…)  / Pero quien anda a tientas y ve sombra, ve el duro/ ceño del cielo y vive la condena de su tierra/ y la malevolencia de sus seres queridos,/ enemiga es la noche y su piedad acoso».

337111354__275x250Así que cómo no va a celebrar mañana el Instituto Cervantes el quincuagésimo aniversario de la publicación de ese libro que se trajo a Madrid tras su estancia en Cambridge y que redondeó en su casa de la calle Lagasca, 24. El mismo con el que Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999) logró el Premio de la Crítica. Antes ya había deslumbrado como un rayo en la oscuridad el deslumbrante ‘Don de la ebriedad’, Premio Adonais de 1953 y que fue escrito cuando el poeta apenas tenía 18 años. Ese latigazo aún perdura.

Como todavía nos impresiona ese sosiego que una y otra vez hallamos en las páginas de quien sí puede decirse que su obra es un prodigio sin que suene a impostura. «(…) esta luz que no da abasto/ para tanto vivir».

En Claudio Rodríguez encontramos cobijo, cercanía. Aroma que nos irá acompañando en la mañana: «Vengo a saber qué hazaña/ vibra en la luz, qué rebelión oscura/ nos arrasa hoy la vida».exlibris

Claudio observa, siente (o padece) y va entresacando palabras, confesiones, júbilo, incertidumbres. Va cincelando la obra sin prisa, como si no fuera con él. Como esperando que llegara el milagro. Para hacerlo suyo. Nuestro. «(…) Y mira, y busca, y huye,/ y, al llegar a cubierto,/ entre mojado y libre, y se cobija,/ y respira tranquilo en su ignorancia/ al ver cómo su ropa/ poco a poco se seca».

Qué aparente sencillez, qué cotidiano, qué delicadeza hay en este final del poema Lluvia y gracia (de Alianza y condena, como todos los que citamos) sobre ese hombre desconocido que llega en un autobús «(…) lleno/ de labriegos, de curas y de gallos») a Palencia donde arrecia una tormenta, donde tendrá que correr para estar a cubierto. «(…) tan sólo estar a salvo/ es lo que quiere».

«…Yo te doy lo único/ que puedo darte ahora: si no amor/ sí reconciliación»

claudio_rodriguezCuánto nos dice Claudio sin decir. Entrevera en el poema a modo de sentencias, desliza sin aspavientos ternura que es océano, susurros que en otros sonarían a proclamas. «(…) Yo te doy lo único/ que puedo darte ahora: si no amor/ sí reconciliación».

Hay hallazgos que surgen por cada costura del libro, iluminaciones con palabras de arcilla: «Sólo he crecido en esqueleto: mírame».

Claudio, aún mozo, se venía a Madrid andando. Y cuando llegaba la noche se echaba encima la chaqueta y debajo de una encina esperaba el sueño mirando el firmamento.

Claudio escribía con el pensamiento, montaña arriba, a la vera del arroyo, esperando la plenitud de la jornada. Acompasando el ritmo del poema al del hombre que va tomando el pulso del día por una ladera. «El dolor verdadero no hace ruido:/ deja un susurro como el de las hojas/ del álamo mecidas por el viento,/ un rumor entrañable…».

Claudio con camisa blanca y siempre recién planchada. Claudio tomando chiquitos (calle Lagasca, Avda. de América, cerca de Corazón de María), Claudio jugando al mus, cigarrillo en mano, Claudio necesario como el agua. Entonces y más ahora.

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Dedicado a Clara

Ana-Juan_18+12Claudio, el que dedicó ‘Alianza y condena’ a su mujer, la paciente Clara Miranda. El mismo que leyó en su primera línea de discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua: «La poesía, sobre todo, es participación». Y que dedicó a Miguel Hernández.

El Claudio que iba al mercado y paseaba por el barrio sin ningún disfraz de intelectual. «Yo no me siento poeta en el sentido en que se toma esta palabra en los cenáculos literarios. No. Para mí hacer versos es como respirar y a respirar, aunque sea muy importante y hasta decisivo, nadie le da importancia», confesó a José Esteban en una entrevista a este periódico en junio de 1996 con motivo de la publicación de ‘Casi una leyenda’, su último libro. El quinto. Porque apenas escribió cinco. Y ‘Alianza’ es el angular.

«El dolor verdadero no hace ruido:/ deja un susurro como el de las hojas/ del álamo mecidas por el viento,/ un rumor entrañable…»

Y el tiempo, claro. «Lo de entonces fue sueño. Fue una edad. Lo de ahora/ no es presente o pasado,/ ni siquiera futuro: es el origen». Tan Eliot, el Eliot de los ‘Cuatro cuartetos’, a quien tradujo. Siempre el tiempo. Pero traído a su condena: «Tal vez, valiendo lo que vale un día,/ sea mejor que el de hoy acabe pronto». Tan cercano a «Largo se hace el día a quien no ama/ y él lo sabe», ese arranque deslumbrante del poema ‘Ajeno’, uno de sus preferidos, de los que leía con esa voz atropellada, cantarina, que se inflamaba y caía en confusión, en un hilo enredado.3264_4bb001cddb401

Y ahora escuchemos su voz, su pensamiento, tal como relató a Emma Rodríguez en 1993 en este diario, tras lograr el Príncipe de Asturias: «No se pueden forzar los poemas, hay que dejar que te invadan y al mismo tiempo mantener un cierto control sobre ellos. (…) Yo suelo tardar bastante en ponerles punto y final, reviviéndolos continuamente. Se trata de una aventura controlada que llega por caminos que no te esperabas, siempre sorprendiéndote».

Y esa sorpresa puede llegar «mientras callejeo o veo una película. Decía Fray Luis de León [uno de sus autores preferidos, junto a San Juan de la Cruz y Rimbaud] que ‘hay que estar en sazón de recibir’ y yo lo corroboro».

(Fuente: El Mundo, Cultura, Manuel Llorente, 16 de marzo)

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